¿Si no te quieres a ti mismo no conseguirás el amor de los demás?

La frase que más oigo últimamente es “Quiérete a ti misma” (incluso probablemente haya sido la frase que más he oído en mi vida).

Admito que es una buena recomendación. Pero es cómo decirle a alguien que no sabe cocinar, “Come sano”. Pues te dice que sí, que genial, que está de acuerdo, pero ¿CÓMO SE HACE ESO?

¿Cómo alguien que no se ama, comienza a amarse? No me veo levantándome un día por la mañana y de repente decir, ostras, cuánto me quiero!  Al menos a mí, eso no me ha pasado (aún). Ni con el amor, ni con la comida. No abro la nevera y me encuentro por arte de magia un montón de tuppers de ensalada y tofu.

Así que a veces siento que como alguien me vuelva a decir que todo pasa por amarse a uno mismo, yo creo que le doy el Óscar al mejor actor revelación. Se debe pensar que ha descubierto el oro.

Es como si para conseguir el amor de los demás, fuese requisito imprescindible amarse a uno mismo. Porque claro, si no te amas a ti mismo, quién te va a querer?  Pues, en mi opinión, mucha gente. Yo me quiero más bien poco, por no decir nada. Pero hay un montón de gente que me quiere mucho. E incluso que me ama con toda su alma. Así que ya tenemos un caso en la raza humana de alguien que no se quiere así mismo pero que los demás le quieren mucho.

Esto me tranquiliza. Porque me he pasado años como un conejo detrás de la zanahoria, tratando de quererme a mí misma, porque claro, si no…quién me iba a querer?

Qué locura. Tener que hacer un esfuerzo extra para que te quieran. Como si no tuviera el derecho primal de ser amada por el simple hecho de nacer.

Después de que mil amigos, psicólogos, psiquiatras,  terapeutas de todo tipo, libros, enciclopedias, manuales me repitieran hasta tatuármelo que me quiera a mí misma pero que nadie me respondiera ¿Cómo?, empecé a intuir que lo que me pasaba era que como lo que yo más deseaba era que los demás me quisieran mucho y parecía que el requisito imprescindible para conseguirlo era amarme a mí misma, pues me centraba en quererme mucho, pero no por el hecho en sí de quererme, sino porque creía que así conseguiría el amor de los demás. Vamos, que mi objetivo real nunca era quererme, sino conseguir amor ajeno.

¡Qué empanadilla mental!

Mi conclusión, después de mucho leer, estudiar, hacer la carrera de Psicología, hacer mil terapias, consultar con los más refutados gurús y rodearme de maestros del Tíbet y que me saliera humo por las orejas… es que no hace falta quererse a uno mismo para que te quieran los demás. El Amor no excluye a nadie. Te viene dado de nacimiento. Cada uno de nosotros somos un milagro resultado de muchos actos de amor y por lo tanto, nacemos siendo profundamente amados.

Lo que pasa es que con el devenir de la vida, el nacimiento del ego, las creencias y mil programas de mentiras más, nos vamos dejando de querer a nosotros mismos.

Me reconforta saber que a pesar de no quererme mucho aún, me siento profundamente amada. Solo puedo estar agradecida. Gracias, gracias, gracias.

P.D: en mi próximo artículo aclararé por fin cómo amarse a uno mismo. ¡ Lo descubrí por fin!

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