Comunicación desde el corazón

Una noche más, me acurruco en mi ladito a la cama, haciéndome la dormida y rezando para que, por favor, por favor, por favor, no se me acerque mimoso, buscando placer, aquel que lleva 7 años acostado en el otro ladito de esta cama que nos sostiene ahora a los dos.

Besos durante horas, manos que no pueden parar de tocarse, aullidos de placer cada anochecer, susurros de amor cada amanecer. Sé que eso lo viví con él, pero ahora me cuesta identificarme con ese deseo olvidado debajo del colchón.

Antes me preocupaba al menos por dar excusas: que si estaba premenstrual y me dolía el pecho, que si estaba con la regla, que si me dolía la cabeza o la espalda, que si tenía que madruga, etc. Así justificaba el dormir con el pijama de pelotitas de lana bien metido dentro de los calcetines.
Ahora ya ni me justifico. Me acurruco en mi ladito de la cama y, tras unos minutos de tensión mientras él titubea de si me abraza en cucharita o no, una gran dejadez invade esta cama.
¿Es esto normal? ¿Cómo hacen el resto de las parejas para mantener la pasión durante años y años? ¿Va a ser siempre así? ¿Por qué hemos dejado que nuestra pareja llegue a esta situación?
Éstas y mil preguntas más, rondaban antes mi cabeza. Ahora ya vivo resignada a esta situación y ya ni me planteo ni los cómos ni los porqués.
No recuerdo cuándo fue la última vez que hicimos el amor…ummm…ahora que hago memoria, creo que fue en Navidad, una tarde del frío diciembre. Ni siquiera nos desnudamos. Yo me bajé un poco el pijama hasta las rodillas y ya. Tampoco nos besamos.
Ayyy los besos… cuando era más joven podía estar horas y horas jugando con la lengua de mi chico. Mordisqueando sus labios, recorriendo su boca con mi lengua. Besos de chicles de fresa, de calimocho o de piruleta. Picos de bienvenida, de risas, de chistes, de despedidas en mi portal.
Ahora apenas juntamos las mejillas y damos besos al aire.

Me daba vergüenza contarle esta situación a nadie. Incluso me daba vergüenza sacarle a él este tema. En el fondo, creía que si lo decía en voz alta, se haría un problema más real aún si cabe.
Imagino que él pensaría lo mismo. ¿Le agobiará esta situación cómo a mi? ¿O no le dará tanta importancia? ¿Estaba buscando soluciones por su cuenta?
Busqué en internet todo tipo de información al respecto y fue peor. Más desesperada me sentía. Miles de historias de divorcios, infidelidades…y también muchas parejas que, tras pasar por este infierno de inapetencia sexual mutua, habían conseguido reavivar la pasión a base de disfraces, juegos…incluso tríos o intercambios de pareja.
Ya no sabía que pensar. Bucear en la red, solo me había hecho sentir más confusa.

Y un día exploté. Fue un lunes tomando un café después de comer con Javi, mi compañero del trabajo. La verdad es que no sé porqué, pero se lo conté todo a él. Le conozco solo desde hace 1 año que se incorporó a la oficina y nunca habíamos hablado de temas íntimos. Pero ese lunes no podía aguantar más, necesitaba contarle a alguien por lo que estaba pasando la relación con mi pareja.
Le conté todo: cómo cuando empecé a salir con mi novio, no podíamos parar de tocarnos, incluso en una de nuestras primeras citas, tuvimos que salir del cine y acostarnos como si no hubiera un mañana, en el baño del centro comercial.
También le conté mis noches acurrucada en mi lado de la cama haciéndome la dormida.
Y mis investigaciones por internet.
Estuve 1 hora entera hablando. Él me miraba, al principio atónito, y luego más cómodo y atento a todos los detalles de mi “problema”.

Esa tarde ni Javi ni yo regresamos a la oficina después de la hora del almuerzo.

Durante ese café, sentí cómo sus pupilas mi taladraban. En este último año trabajando frente a frente, nunca me había fijado en sus profundos ojos verdes. Ni en su barbita sexy de 3 días. Ni en sus suaves manos que me buscaban por debajo de la mesa.
En algún momento de ese café, entre confesiones y lágrimas, sus manos sujetaron mi barbilla levantando mi rostro hacia el suyo. Y… me besó.
Me besó cómo cuando se besan dos enamorados que se tienen ganas. Me besó con lengua. Fuerte y dulce. Mucho rato. Inspeccionó mi boca con la suya. Primero lentamente y luego, sin poder detenerse sólo en mi boca, bajo por mi cuello hasta mis hombros.
Sé que hubiéramos acabado haciendo el amor encima de aquella mesa de no haber sido porque la cafetería en la que estábamos pertenecía a un hotel.
Mi libido se despertó de repente. Sentía todo el deseo animal como una corriente eléctrica entre mis piernas.
Y allí, en ese hotel, un hombre hizo el amor a una mujer de todas las maneras posibles. Me sentí viva otra vez. Un flujo de energía me llenaba una y otra vez.

Javi y yo no volvimos a hablar nunca de aquello. Tampoco le conté nada más sobre la relación con mi pareja. No volvimos a tocarnos. Seguimos siendo, simplemente, los compañeros de trabajo que éramos antes de que mi libido volviera a nacer.

Desde entonces, la relación con mi pareja ha mejorado, dentro y fuera de la cama.
Me di cuenta de que estábamos llevando al terrero sexual, nuestros problemas de comunicación.
Ahora hacemos el amor cuando nos apetece a los dos. Nos buscamos mutuamente los piececitos debajo del edredón. A veces nos recostamos abrazados, hablando de todo, y acabamos besándonos y dormimos abrazados. Otras veces parece que fuéramos a rodar una película porno.
Cuando se abre nuestro corazón, podemos comunicarnos conscientemente con el otro. A veces poner en palabras ese torbellino de pensamientos, ayuda a clarificar lo que sentimos y conectar con la Verdad. También podemos escribirlo.
Compartir lo que nos ocurre a menudo nos relaja, siempre y cuando, el receptor abra también su corazón y escuche sin juicios. Muchas veces ni siquiera necesitamos que nos aconsejen, ni que nos “arreglen”, basta con sentirnos escuchados para encontrar Paz.

Si te apetece compartir tus experiencias conmigo, puedes ponerte en contacto en el tlf 637 46 41 49 o a través del correo info@teresasalgado.com. 

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