¿Alguna vez has sentido la necesidad de ocultar o restar importancia a tu éxito?

Te oyes a ti misma diciendo:  “Tengo miedo de quedarme sola si llego a tener éxito”.

¿Escuchaste alguna de estas frases mientras crecías?:

  • “No la halagues. Se le subirán los humos a la cabeza” (dicho a alguien que te elogiaba).
  • “Deja de mirarte” (si te mirabas al espejo)
  • “¿Quién te has creído que eres? ¡Te voy a poner en tu lugar!”
  • “No te quejes, muchas personas lo pasan peor que tú” (al manifestar necesidades).

De niñas y jóvenes, se nos enseñó que nuestro valor proviene de apoyar a otros y reducirnos a nosotras mismas durante el proceso. Se nos enseñó que “las chicas buenas” no “brillan demasiado”. También vimos cómo esta creencia dañó y agotó a nuestras madres.

No tememos al éxito. Esta es una idea errónea. Lo que realmente tememos es al abandono.

El “miedo al éxito” indica que tiempo atrás aprendimos a relacionar el éxito con la pérdida.

Pero las raíces de este sentimiento están en situaciones reales que les sucedieron a temprana edad. Es importante entender esto a nivel personal y cultural, ya que al entenderlo, conseguimos liberarnos de un antiguo patrón que ha limitado a las mujeres durante siglos.

Tras el miedo al éxito se encuentran los recuerdos del abandono que experimentamos en el pasado, durante nuestra infancia, en momentos en los que nuestra alegría, de alguna manera, desencadenó la ira, el miedo o los celos de nuestra madre o de nuestros padres. Así es como aprendimos a asociar nuestra alegría personal con un sentimiento de pérdida de pertenencia.

El “miedo al éxito” es un eco de estos recuerdos.

Quizás realmente no tengamos miedo de ser “desmesuradamente poderosos”, sino que quizás, la niña que llevamos dentro tiene miedo al rechazo permanente  de los demás que podría implicar la posesión de este gran poder.

Lo cierto es que la primera carencia que experimentamos fue el terror de sentirnos abandonados por la persona que necesitábamos para sobrevivir; nuestras madres (ya fuese de manera momentánea o crónica).

A nivel cultural, hemos equiparado poder femenino con abandono.

Para las mujeres de las generaciones pasadas, el éxito femenino equivalía al abandono.

La necesidad social de una mujer sumisa, desconocedora de su poder, refleja nuestra necesidad colectiva más profunda de encontrar a una madre que no nos abandone. Es una proyección de nuestros niños interiores traumatizados que esperan ansiosos a una madre que no acude. Tenemos que renunciar a este sueño colectivo. Ella sólo puede venir desde nuestro interior.

A nivel personal, el éxito puede recordarnos nuestra capacidad de desencadenar los miedos de nuestras madres y la consecuente amenaza de abandono por su parte.

Aprendimos a ver nuestro éxito como una traición a la regla tácita de agradar a los demás por encima de nuestras propias necesidades.

La soledad a la que tememos cuando imaginamos el éxito futuro, es un eco interno de la terrible soledad que experimentamos en el pasado siendo niños pequeños, cuando en nuestra inocente alegría, irritamos- inesperadamente- a nuestra madre, padre o cuidador.

Lo cierto es que tu valor no depende de la capacidad de los demás para verlo.

Las personas que en tu vida te piden empequeñecerte debido a sus propias inseguridades, rara vez llegan a ser capaces de ver tu magnificencia. Es importante internalizar esto. Por lo general, tu empequeñecimiento sólo permite la propia evasión de ellos mismos. Las cosas cambian radicalmente cuando te das cuenta que no pierdes nada al dejar de luchar por el amor de las personas que simplemente son incapaces o no están dispuestos a dártelo.

Como mujeres, sentimos culpa debido a la falsa suposición de que nuestro trabajo es hacer que la gente se sienta siempre bien. Si no se sienten bien todo el tiempo, creemos es un fracaso nuestro. Date el permiso de acabar con esta antigua culpa. Nunca fue una verdadera obligación.

Tenemos que dejar de lado este rol “complaciente” con el fin de entrar completamente en nuestro poder.

Lo cierto es que no podemos proteger a las personas de sus propios sentimientos de dolor. Distraer a los otros de su dolor no les sirve. Sólo prolonga su sufrimiento y posterga su sanación.

Lo irónico es que ser “complaciente” no es lo mismo que ser generoso. En realidad es una manera de alimentarse de otras personas con el fin de sentirse mejor con uno mismo. ¿Estás evitando tu propio dolor centrándote en agradar a los demás?

Hacer las paces con nuestro poder implica aceptar el hecho de que nuestra autenticidad desencadenará, inevitablemente, sentimientos de dolor en los demás. (Y no pasa nada. En serio.)

Cuando cortamos con la sobrecarga de nuestras relaciones, recuperamos una enorme energía que podemos aprovechar para nuestra propia evolución. Y esto devuelve a los demás su poder para procesar y utilizar sus propias emociones para su propia transformación. Estos actos son llaves para la sanación que pertenecen a la persona que los lleva a cabo; la llaves hacia su puerta interior. Su travesía consiste en usar el detonante para abrirse a una mayor libertad interior. Son una oportunidad para tomarla o no.

Hay un tipo de libertad deliciosa cuando cometemos errores, somos malinterpretadas y no agradamos.

Es delicioso saber que esas cosas ya no tienen el poder de disminuir tu amor propio. Cuando ocurren, te puedes sentir incómoda por momentos, pero ya no te llevarán fuera de tu centro. De hecho, empiezan a servirte como oportunidades para cuidar de ti mismo de manera más efectiva y anclarte aún más a tu verdad.

Esta libertad deliciosa no es lo mismo que ser oposicionistas o rebeldes por el mero hecho de serlo. Es deliciosa, porque es parte de la libertad de ser una persona completa. Ser una persona significa tener el derecho a tener todo tipo de emociones y sentimientos que merecen respeto aunque no sean compartidos. Ser una verdadera persona es una libertad que no le fue permitida a la mayoría de nuestras abuelas y bisabuelas. Reivindicar el derecho de ser una persona podría haber significado la injuria, la muerte o el rechazo. Permanecer empequeñecidas fue, sin duda, una manera de estar a salvo y fuera de peligro.

La verdad es que cuanto más grande sea el cambio que queramos experimentar en nuestras vidas por fuera, mayor debe ser el cambio interior primero. Para que estos cambios sean grandes y duraderos, debemos ir al origen de la causa.

La luz está dentro de ti, y no fuera, para que tú la veas, no para que los demás la vean.

Si estás decidida a brillar por dentro y por fuera, te acompaño en el camino, no estás sola. Somos muchas las mujeres que estamos recorriendo el mismo camino de empoderamiento que tú.

Ponte en contacto conmigo en el tlf 637 46 41 49 o en info@teresasalgado.com.

 

La primera consulta es gratuita!!

 

 

 

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